• Ortiz Remacha

HASTA LAS ENTRAÑAS



Es normal y hasta cierto punto comprensible que la atención de los aficionados descienda con los resultados adversos. Eso se nota en la radio, en la televisión y, por supuesto, en las redes sociales. La gente se cansa de volver a escuchar los fracasos, no soporta el bombardeo de las malas noticias y desea refugiarse en cosas que no le recuerden a su desilusión futbolística.

Pero se llega a un momento donde el cansancio y el desánimo llevan a la rabia, a la protesta, a mirar al lugar de donde han salido las decisiones incorrectas para llevar a un club histórico a donde se encuentra en estos momentos. Y no hay nada peor que las masas enfurecidas porque albergar sentimientos de dolor y desesperanza terminar reventando las entrañas y saliendo al exterior.

El partido de ayer frente al Mirandés fue un descalabro en todos los sentidos: en la propuesta deportiva, en el rendimiento de la mayoría de los jugadores, en el quebranto físico de la segunda parte y en la imposibilidad de aguantar un marcador favorable hasta el final.

El público sabe de la debilidad de la plantilla, de la falta de acierto del director deportivo, del interés de un entrenador que ya no da más de sí y de la huída hacia delante de algunos miembros de la propiedad. De los que intentan seguir por motivos personales y quienes están a su lado porque son empleados fieles alimentados por salarios holgados.

Y la afición no perdona la segregación del club con sus seguidores, la falta de autocrítica, el intento de acallar todas las voces, evitar que nadie forme parte de una solución que cada vez esté más lejos.

No se trata de vender por vender y a quien sea, sino de buscar soluciones de verdad y encontrarlas. Esta década ominosa, desde el descenso con Agapito Iglesias hasta ahora, en picado al fútbol aficionado, es tan incalificable como injusta para la historia de una parte importante de Zaragoza y su territorio en sus dos últimos siglos.

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