• Ortiz Remacha

DISFRAZADOS



Alguna vez les he dicho que no soy de celebrar acontecimientos masivos y menos aún implantados por el comercio para obligar a comprar o conmemorar hechos que no forman parte de nuestra cultura. Por eso no he celebrado nunca Halloween, como tampoco me gustó en mi infancia el día de Todos los Santos que significaba acudir al cementerio y volver a sentir pena por las personas que nos habían dejado.


Al final todos los acontecimientos que unen a los seres humanos comienzan con situaciones festejadas en la antigüedad, como en este caso la recolección en los pueblos celtas. El imperio Romano, la cristianización y el salto de Irlanda a los Estados Unidos hace un siglo cambiaron la parte popular de esta celebración.


Significa “día de las brujas” o “de todos los santos” y hace que los niños salgan juntos disfrazados a buscar el “truco o trato”. De allí a películas de terror o de ir a fiestas disfrazados de seres perversos, fantasmas o asesinos para darle un tono cómico a una noche diferente.


Eso está ocurriendo en el Real Zaragoza, caracterizado de patético zombie, perdiendo la importancia de sus orígenes y convirtiéndose en un negocio de dudosa rentabilidad. Como en Halloween ya no se sabe cómo, por qué y cuándo surgió e introdujo en nuestra cultura y costumbres. Solo es la anécdota de un estadio viejo, ganador de títulos algunos de los cuales ya no existen y que se ha transformado en una corriente de simpatía inexplicable en miles de personas y en un tesoro que cambia a quien lo posee, como Golum en el Señor de los Anillos.